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Orión y el frio - por EDGAMA

Muchos aseguran que un olor, una melodía, una palabra, una imagen o un sabor, tienen el poder de hacernos recordar situaciones, emociones y sentimientos que creíamos olvidados. O si no olvidados, por lo menos escondidos en esa especie de cueva de los recuerdos que cada uno construye para alojar aquello que en su momento atesoró, o que le ha causado un profundo dolor.

El caso es que esta mañana, cuando estaba a punto de subir a mi automóvil para dirigirme a mi trabajo, una mirada de reojo al horizonte, me hizo notar la claridad del cielo que para esa hora mostraba un cielo lleno de estrellas. Y ahí, justo ahí, a la altura de mis ojos, se desplegaba la constelación de Orión en su máximo esplendor.

A simple vista distinguí el brazo que sostiene el mazo en actitud de ataque, el escudo levantado frente a Tauro y su cuerno Aldebarán, los tachones de la armadura y mi favorito: El cinturón de Orión…

Vino a mi memora la escena de una película de Disney en la que tres personajes tirados sobre la hierba se preguntaban lo que podrían ser esas luces brillantes sobre sus cabezas…

Hace años, tirados sobre un suelo de grava azul, nos encontrábamos acostados tres personas mirando de igual manera el cielo estrellado. No eran ni Timón ni Pumba los que me acompañaban entonces, sino mi hermano mayor y mi madre, quien había preparado el suelo del patio de la casa, cubriéndolo cuidadosamente con la ropa y chamarras más gruesas que encontró para evitar que la grava nos lastimara el cuerpo, porque era un hecho que pasaríamos la noche recostados observando las estrellas…

Ante mis ojos, la bóveda celeste aparecía inmensa, poderosa, imponente.

Pasaron varias luces que trazaban una línea tenue en el firmamento y que mi madre llamaba, “estrellas fugaces”. Me dijo que muchas personas creían que al pedir un deseo mientras una estrella caía, ese deseo se cumpliría, pero que no lo creyera, porque ella había comprobado que no era cierto.

Me enteré que algunas de las estrellas, en realidad no eran estrellas, sino planetas. Enormes y redondos planetas que flotaban en el cielo y se movían cambiando su posición durante el año, y que el lugar donde vivíamos, también era un planeta.

Me asombraba como mi madre enlazaba las estrellas entre sí con línea imaginarias, como en los juegos de puntos de los diarios en los que después de unirlos con el lápiz, revelaban un dibujo escondido.

Esa noche vi cazuelas, osos, perros, carros y todo tipo de figuras. Pero la que más me impacto fue Orión, me parecía grandioso, imponente…

Por esa época, yo tendría unos cuatro años de edad, y no asocie la velada que estábamos teniendo, con la riña que momentos antes habían protagonizado mi madre y mi tío Alfredo, ni el reclamo airado de mi madre ante la cena.

Una cena que no llegó pues no había alcanzado para mi hermano y para mí, pero sí para el tío. Una cena preparada por la abuela para sus 3 hijos varones, “los pobres muchachos” que no tenían trabajo y que aseguraban que se habían pasado el día caminado de panadería en panadería, con la esperanza de que alguien les diera una oportunidad para preparar la hornada de la noche. Y que era mentira por supuesto, el que una vecina hubiera dicho a mi madre que “el Neno, Alfredito” había pasado el día en el billar del mercado. Una cena, pagada con el dinero que mi madre le había dado a mi abuela al enterarse que un abonero con lujo de agresividad, le había reclamado los cinco abonos atrasados de un ropero que la abuela había comprado a crédito y que amenazaba con meterla a la cárcel si no se ponía al corriente con los pagos. Pagos que gracias al sueldo de dos semanas de mi madre, obtenido con su trabajo de costurera en la capital, cubrirían el costo total del ropero.

Años han pasado desde esa noche ante Orión y el frio que sacudía mi cuerpo.

Olvide las palabras “cállate, si te parece, arrimada, la puerta es muy ancha, lárgate…”

Olvide el dolor de la grava en mi espalda, olvide las lágrimas que en mis ojos magnificaban el brillo de las estrellas de Orión y las descomponían mágicamente en un caleidoscopio de luz que danzaba en mis pestañas.

Olvide la voz entre cortada de mi madre que entre sollozos me decía, “Esas tres hijo, las de ahí en medio, dicen que son el cinturón de Orión. Pero en realidad, son los 3 reyes magos”…

Sera por eso que desde entonces, cuando miro a Orión, un profundo frio recorre mi espalda.

Porque eso precisamente, es lo que nunca pude olvidar, el frio. Un frio que abraza, que cala, que lastima no el cuerpo, sino más adentro, ahí, precisamente ahí, donde el abrazo protector y cálido de mi madre, no logró extinguirlo del todo…

EDGAMA, 2014


Versión en audio

Si lo tuyo esel audio, te recomiendo el episodio 21 de Audiorelatos, donde Felípe (RayJaen), ha tenido la deferencia de leer este relato en su podcast.

Letras con voz propia

Letras con voz propia, audiorelatos 21

Gracias Felipe (@rayjaen)

 

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